¿Habrá llegado el tiempo de bajarse del tren?

Hoy mientras corría hacia el oriente, a medio camino de mi largo a ritmo de maratón, veía como mi pulso subía, como el aliento se forzaba sin exagerar, solo para que al dirigirme hacia el poniente, ya de bajada el ritmo penas mejoraba y la sensación de esfuerzo era patente. Luego me pregunté “¿Para qué estoy haciendo esto?” sacarse la mugre para unos ritmos discretos, que no le gano a nadie (no es que gane mucho en mi categoría tampoco). ¿Por qué no entrenar la mitad y conformarse con trotar mi maratón? En vez de intentar correrla. Me quedé pensando y recuerdo que cuando era chico, en la Semana Ignaciana era por lejos el mejor del colegio en “Nacho borracho” que no era beber, si no girar 10 veces al poste del arco de la cancha de futbolito correr al otro arco, dar otros 10 giros y volver. Mientras el resto se pegaba porrazos yo corría desorientado pero recto, sin dudas, sin cuestionamientos.

 


Algo similar me pasaba en el Juego del Desmayo: Tenías que hipervetilar, luego un grupo de compañeros te apretaban el tórax contra una pared y aguantabas hasta que ¡paf! Te ibas a negro. Una vez desmayado te agarraban a patadas en el piso para terminar dentro de un basurero, y yo siempre tenía nociones dentro de la pateadura, desorientado pero al borde de la consciencia trataba de defenderme. Esos eran algunos de los juegos de colegios de hombres, sin traumas, solo experimentos. 

 

A veces -no siempre- cuando corro me siento igual. Algo desorientado, con la motivación difusa y un “algo” que me dice sigue, no te caigas, abstráete de todo el entorno, asume los golpes pero concéntrate en el objetivo del juego, prevalecerás: Seguirás en el juego. Pero de un tiempo a esta parte este juego se me ha tornado menos atractivo, incluso hasta fastidiarme. ¿Por qué no mandar todo a la punta del cerro y hacer otras cosas? A cinco semanas de mi maratón número 30 esta pregunta me acosa con mucha insistencia.


Comentarios